El alucinante principio de comer
Posteado noviembre 29, 2010 por varilionamodeluniverso
Comer es un alucinante principio de locura, de demencia, de llegar al ostracismo más profundo porque el bocado que llega a tu boca, se transforma en cuestión de horas en lo que llamamos materia fecal. No hay nada más efímero en el ser humano que el sabor de un manjar que masticas mal y tragas sin darle oportunidad al estómago que lo procese.
Es alucinación comer cuando no hay nada que comer; es un principio de desmoronamiento el comer solo por hacerlo, solo porque no hay de otra más que lo hay con cinco pesos en la bolsa, no hay más.
Joaquín admira la alta cocina y no puede sustraerse a saborear aquellos platillos mediterráneos, cocinados con aceite de olivo y especias del mejor aroma, recorrer la construcción de una obra de arte creada en sabores y sazones del mejor gusto.
Joaquín no come, degusta; no mastica, baila su trozo de alimento dentro de su boca; no bebe, son cataratas de inmanencia en su garganta. Eso y más le da su trabajo de corredor de bolsa en las altas esferas financieras. Está convencido que vive para gozar el don divino de saborear aquellas materias que se expulsará en unas horas y –sus sueños- figura que son rosas y poemas lo que defeca.
Joaquín ve su vida en un trozo de buen bife argentino, bebiendo un tinto de la Rioja y escuchando a su cantante favorito, Luis Miguel.
Por supuesto que esa comida cuesta y es un lujo, pero lo vale porque para eso trabaja arrasando con todos los que se le pongan enfrente. Pero nunca contó que en el mundo de la especulación financiera, nadie es víctima y todos son culpables. No pudo parar el crack bursátil que lo llevó a vender todo lo que tenía y pasar un rato en la prisión, acusado de fraude por el optimismo de aquellas cuentas en Islas Caimán.
El abismo que fue arrojado no fue su peor pesadilla, el que verse comiendo en una prisión sucia y hedionda, sentándose con lo la plebe, comer todos los días una extraña y nauseabunda mezcla de huevos de gallina con frijoles acedos, beber agua de la llave con tantito saborizante de fresa, intentar masticar un pedazo de pan verdoso y duro. Su nueva realidad.
Ahora ya no es el que ordena los mejores platillos, es simplemente el defraudador que engaño a un grupo de jubilados con los ahorros de toda la vida. Acepta que fue víctima de las circunstancias y el sistema de la especulación financiera pidió una víctima para ofrendar su furia y fue él.
Los hados son crueles con su desgracia, pidió trabajar en la cocina para prepararse algo parecido a comida, porque su sufrimiento llegó a extremos de preferir no comer que masticar sobras de las sobras de los cerdos. Pero le negaron porque todo mundo pedía entrar a la cocina, un territorio para afortunados narcotraficantes que podían esconder en las naranjas las grapas para los consumidores de adentro.
En sus tiempos de riqueza, se volvió odioso para todos aquellos que lo trataron por sus exigencias en los restaurantes de cinco estrellas que acudía: el pescado debe ser salmón de Noruega y no del Pacífico, porque su sabor es más dulce; trufas de la Selva Negra y no de los campos de California; en fin, su pedantería culinaria devengó en odio más allá de sus gustos.
Vomitaba con solo ver comer a asesinos, violadores, secuestradores. Les daba a los alimentos vida propia y su muerte, debes ser merecida por seres superiores, no cualquiera los puede comer y hasta en un filete Miñón, hay clases.
Si antes era un religioso del gourmet, la prisión lo volvió a encontrarse con Dios, pero a su manera; rezaba el padre nuestro imaginando la última cena de Jesús disfrutando con los apóstoles el pescado hervido con agua del Jordán, las lentejas guisadas hojas de olivo, el pan de centeno y el vino de Samaria. Eso lo reconfortaba, pero no más.
Duró pocos meses en prisión, gracias a la venta de sus propiedades. Ahí enfrentó la realidad: no tenía dinero, ni amigos y un futuro que nunca más verá en su boca un filete de salsa de mostaza en sus encías.
Se convirtió en proletario de la coca cola y los doritos. Al principio, rehusaba comer frituras y cualquier alimento de los llamado chatarras porque su paladar no lo podía resistir. Aguantó unos días hasta que la economía lo apretó.
A pesar de sus antecedentes penales, logró colocarse como ejecutivo de venta (que en el ejercicio práctico son vendedores de aparatos electrónicos) en una de esas tiendas que pagan poco y mal.
Su sueldo no le alcanzaba para prepararse alimentos sanos, ya que descubrió lo que costaba el aceite de olivo español, la pasta italiana, la trufa alemana. Así, se tuvo que conformar con comer gorditas de masa con algo parecido a migaja de cerdo, eso sí, freídas con aceite del más barato para que la cocinera le rindiera.
Presumía su esbeltez gracias a sus comilonas de colesterol bueno. Al salir de prisión, seguía delgado, pero pálido y débil. Descubrió el principio de comer del mexicano: no alimentarse, sino llenar el estómago.
Así, ya no podía darse el lujo de sentirse satisfecho con lo poco que comía y se dedicó a hartarse de los chicharrones que te escaldan la lengua, el refresco barato que destruye las muelas, los cueritos que dan tifoidea, los churros con chile que causan nauseas. En fin, en ese momento, inconscientemente, decidió poner fin a su vida.
A pesar de lo poco de sus salario, lo dedicó a comer, pero chatarra. En menos de cinco años subió de peso de manera inhumana y de aquel hombre soberbio solo quedó un obeso resignado, hambriento, hueco.
Comía para hartarse y a toda hora masticaba el gansito, los churrumaís, beber de un solo trago dos litros de Big Cola. De aquel hombre exigente que miraba el buen comer como la puerta al cielo, hoy solo queda el pobre Diablo que mira el fondo del infierno.
Por supuesto que por su descuido físico, los despidieron de la tienda y en un alarde de inaudita indiferencia a la vida, toda su liquidación la dedicó a comer gorditas grasientas sin más que atragantarse. Comía cuatro o cinco todos los días. Al acabarse su dinero, pidió limosna no para beber ni para drogarse, sino para seguir comiendo gorditas hasta hartarse.
Encontró su placer en la masa de maíz grasienta y cuando un buen día sintió paralizado su brazo izquierdo y un fuerte dolor en el corazón, sonrió y gritó: “¡Hoy voy a comer con Dios pescado hervido y lentejas!”


