El amor del VIH
Posteado diciembre 29, 2010 por varilionamodeluniverso
Hace 10 años tenía el mundo a sus pies y nada lo detenía; contaba con un trabajo bien remunerado, amado y respetado por propios y extraños; era el prototipo del hombre exitoso que nada le hacía sombra. Sin embargo, el amor lo llevó a enfermarse de VIH y ahí acabó su racha de buena suerte. Hoy, es la tristeza la que le invade por el triple dolor: la pérdida del ser amado, el engaño y la pandemia que lo recluye como velador en una fábrica de construcción en la capital queretana.
Mario, nombre ficticio que escogió en memoria de su pareja, descubrió su homosexualidad desde adolescente, pero para evitar problemas por discriminación y agresiones de parte de sus compañeros de escuela, se escudó en un noviazgo fingido y encuentros furtivos en el Distrito Federal, donde se sentía libre.
Siempre se informó sobre las causas de contagio del SIDA y procuró pasarla bien, sin llegar a la promiscuidad, “tenía un novio en México y siempre cuando podía, me lanzaba para estar con él, que era 10 años mayor que yo, pero siempre me respetó como pareja hasta que terminamos nuestra relación de mutuo acuerdo, sin ruido”.
Siguió el mismo teatro de simulaciones en la universidad porque, desde su punto de vista, increíblemente los que estudian alguna profesión son más intolerantes en cuestiones de sexualidad “diferente a la que ellos creen conocer”. Pero nunca fue agredido a pesar que varias veces sus propios compañeros de aula le insinuaban que conocían sus tendencias y solo le pedían que no se metiera con ellos. Era un trato que se daba en aquellos tiempos, a principios de los noventas.
Se recibió con los honores e inmediatamente le ofrecieron una plaza en la Ciudad de México, donde podría realizarse como profesionista y como ser humano.
Pasaron algunos años y logró ascender hasta la gerencia regional. En una de las convenciones, conoció al amor de su vida: un regiomontano de su misma edad y de gustos similares; explica que se enamoró desde el primer momento en que lo vio, pero que no sabía a ciencia cierta si era homosexual o no. Después de un tiempo, descubrió que si era bisexual y al hablar de eso, no le vio inconveniente siempre y cuando la fidelidad fuera el factor de unión entre los dos.
Por supuesto que mantuvo sus preferencias en la sombra del enmascaramiento porque sus superiores le preguntaban si no tenía novia con intenciones de casarse, ya que “en una junta me preguntaron si no quería tener familia, porque el perfil de la empresa es familiar y no es bien visto por los clientes los hombres solteros”. Sin embargo, procuró navegar con bandera de hetero cuando no lo es.
Le propusieron tomar la plaza de Querétaro por sus capacidades y el conocimiento de su tierra natal. No lo pensó mucho y aceptó el ofrecimiento. Lo habló con su pareja y no objetó la mudanza, ya que ambos estaban hartos de la inseguridad y el stress que representa vivir en la capital del smog.
A su familia le dio mucho gusto la noticia que regresaría a la ciudad que lo vio nacer. Joaquín le preocupaba como reaccionarían al confesarles –porque ya no podía disimularlo más- que es gay.
Al comunicárselo a su familia no le fue nada bien. No lo esperaban ya que sus padres esperaban una novia y no un novio. Las recriminaciones entre sus padres y hermanos le dolieron mucho: “yo sabía que iba a suceder, pero esperaba respeto, comprensión, no que me trataran como un enfermo o un violador de niños; me dolió mucho”.
Así, a pesar de las visitas y de vivir en la misma ciudad, él perdió contacto con su familia, “me convertí en un tabú para todos ellos. Ni siquiera en mis momentos más dolorosos, se dignaron a visitarme, ya no digamos ayudarme. Me hacen mucha falta”.
A pesar de eso, el apoyo de su pareja le ayudó mucho y el éxito profesional era patente, ya que los dos eran muy buenos en sus distintos campos profesionales y respetados por sus pares.
Encontraron a otros pares con sus mismas preferencias y llenaron un poco el hueco causado por el desprecio de su familia. Asistían frecuentemente a fiestas y se apoyaban, ya que en una ciudad conservadora como Querétaro, no era conveniente abrirse como gay.
En la cúspide de su éxito, fue cuando llegó el derrumbe. Su pareja era bisexual y aunque sospechaba que no le era tan fiel como él esperaba, le tenía confianza por el amor que se profesaban. Sin embargo, un día lo notó pálido y sin razón alguna, vomitó la comida y se desmayó. Se espantó e inmediatamente fueron al hospital para saber qué le pasaba. Aunque el médico le explicó que fue una descompensación, le sugirió que se hiciera exámenes porque no era normal dicho desvanecimiento. Consideraron que era mejor hacer los análisis en el D. F.
Ahí fue donde les dieron la noticia: la pareja de Joaquín era seropositivo. No entendía que estaba pasando porque siempre se cuidaban y antes de vivir juntos, se hicieron exámenes y los dos salieron negativos. Se le derrumbó el mundo para los dos.
Fue en un Vip’s que le confesó que tuvo relaciones con una prostituta sin condón. Fue un doble golpe para él: saberse engañado y la persona que más amaba tenía VIH. Pero no era tiempo de recriminaciones, pensaron el como podrían vivir así.
Los siguientes meses fueron un infierno: la salud de su pareja se deterioraba a pasos agigantados y ningún retroviral le hacía efecto alguno. Se vio obligado a renunciar a su trabajo para estar con él y cuidarlo.
“Fueron los peores años de mi vida. Aunque platicábamos mucho, me dolía verlo así, sin poder comer y darle solo papillas porque era lo único que toleraba su estómago. Muchos amigos y conocidos vinieron a vernos para darnos apoyo moral y hasta económico, pero en ese momento me pesó mucho el que mis padres y mis hermanos no estuvieran conmigo para confortarme”, dijo Joaquín con lágrimas en los ojos.
Sobrevino la muerte a causa de una pulmonía en pleno junio del 2000. Pidió cremarlo y esparcir sus cenizas en los bosques de Amealco, que tanto le gustaban.
Fue después de su muerte, que entendió que el podría estar infectado con VIH. Nunca lo pensó, acepta que durante la agonía de su pareja, nunca se permitió hacerse esa pregunta y fue cuando estuvo solo por primera vez en varios años, que entró en su corazón la aterradora duda.
Gastó todos sus ahorros en medicinas y tratamientos para él. Lo poco que tenía era para sobrevivir mientras conseguía de nuevo otro empleo. Inmediatamente fue al Centro de Salud para hacerse los exámenes. Cuenta que “al ir por los resultados, me quedé aterrado por varias horas enfrente al hospital; no podía moverme ni pensar otra cosa que no fuera que estuviera contagiado, fue de la chingada y peor cuando me animé y leí los resultados: también tenía SIDA”.
De ahí su vida cayó en un tobogán del que todavía no se baja. No pudo conseguir empleo ni siquiera donde estaba antes y los ahorros se agotaron. Pero lo que más le dolía era el doble dolor que le causó el engaño y la muerte.
“Entre en una etapa que no podía entender lo que estaba pasando. Como que la gente se las huele que andas enfermo y te retiran el saludo. Pero no puedo superar su ausencia y menos el alejamiento de mi familia, que es lo que más me dolió. Fui a buscarlos y le dije la verdad de lo que estaba pasando y fue peor. Casi me corrieron de la casa y alcancé a escuchar `ya ves lo que te pasa por pervertido`, eso si dolió y mucho”, solloza Joaquín.
Aceptó –pensaba que era transitorio- el empleo de velador de una fábrica de construcción: nadie lo conocía y no tenía trato alguno salvo con su jefe inmediato. Ahí ya lleva ocho años porque la enfermedad no solo ha minado su salud, sino también sus ganas de vivir.
“Antes podía pensar en muchos proyectos. Hoy lo que quiero es morir en paz y bien con Dios, porque se que mi pareja me está esperando. Tengo SIDA y no soy un ser humano íntegro, no tengo una caricia, un cariño y solo me queda los recuerdos”.
Joaquín se prepara a dormir a las cinco de la tarde, porque a las 10 empieza su turno.
Así, Joaquín espera encontrarse de nuevo con su pareja, el amor de su vida.

