El Patriarca
Posteado octubre 25, 2010 por varilionamodeluniverso
¿Cuánto vale la vida de un ser humano? ¿Cuánto vale la dignidad de un hombre que vivió para y por el poder? ¿Cuánto cuesta a una familia que tiene todo gracias al gran patriarca de la nación explicar que todo va por buen camino? ¿Cuánto recuperará el Patriarca si ve de nuevo la luz del sol? ¿Realmente vivió para México y sufrió por los suyos?
El Patriarca conoció el infierno sin siquiera navegar en el barco de Caronte; sus días sin luz han sido interminables y fuera de su alcance, algo que antes de la noche de mayo era impensable, simplemente fuera de la realidad en que vivía.
Nunca hubo la necesidad de un reconocimiento para saberse todopoderoso, nadie le decía que era Dios porque lo era. Hoy, en sus horas de debilidad, mucho le reconfortaría ver las muestras de aprecio impregnada con oportunismo político con el lamento de la farsa del México.
Ya no será el gran líder que imponía sus razones solo con su presencia, ya no más el que con una llamada cambiaba el curso de la historia de un país azotado por la violencia; aquel que tuvo todo para ser el Primer Mandatario y por razones que solo él sabe, dejó correr el río a cambio de más poder, pero nunca tendría el absoluto, la omnipotencia.
No volverán las reverencias y seguir sus mandatos a toda costa. Su humanidad reflejaba la máxima fascista: El que manda se puede equivocar una vez y volver a mandar.
Líder que se hizo notar cuando en el Congreso de la Unión defendió a capa y espada la quema de las boletas de aquella polémica elección de 1988, replicando a sus detractores que era necesario dar vuelta a la hoja de los rencores y la ilegitimidad con que llegó el Caudillo. Salinas sonrió complacido porque encontró en un opositor, el mejor de los adeptos.
Señor de barba que emulaba a Maximiliano de Habsburgo, pero sin su inocencia y candor; era el Don, era el Jefe. Aquel que subió a la campaña presidencial de 1994 con figura de comparsa y que en el debate, barrió a sus oponentes con su enérgica oratoria de Cicerón, con el porte del que habla fuerte y claro para ocultar sus deficiencias físicas, su baja estatura; los acabó porque se vio en el espejo del estadista por un momento, por un instante México lo tuvo bajo sus pies y nadie, absolutamente nadie lo opacó.
Eso si, le debe a los ciudadanos una explicación el por qué se ausentó de la palestra las siguientes semanas para que el mediocre candidato tricolor volviera a posicionarse ante los mexicanos como el supremo elegido del priísmo a punto de fallecer. El gran hombre que posicionó a Ernesto Zedillo como presidente no fue Carlos Salinas, sino el Patriarca.
Reconoció inmediatamente su derrota electoral y en sus adentros festejó su triunfo como hombre del poder, que no conoce de filias y fobias políticas, pues al final, todos son cortados con la misma tijera de la ambición y el pragmatismo a rajatabla. Esperaban sus partidarios que hiciera un discurso memorable para arengar a las huestes blanquiazules a defender el voto y el cambio que en ese momento se suponía, resguardarían como lo hizo Maquío hace seis años. Pero no, el es hombre del poder, no un estadista.
Bajó su perfil, no si antes proteger y colocar a uno de los suyos como procurador de justicia, que bajo cualquier circunstancia lo protegería de cualquier acusación que viniera de aquellos ingratos que siguen buscando en la justicia y la legalidad, su razón de ser.
Cuidaba y aconsejaba a los suyos como parte de su feudo.
Pero no consiguió proteger a su abogado después de los ridículos resultados contra el del Sub Marcos, la Paca y el cadáver sembrado. Su labor era protegerlo, no hacer las cosas de acuerdo a las leyes.
A pesar de los fracasos de sus falanges, él seguía siendo aquel que movía las piezas de un partido que emergía como una opción de gobierno real y sus triunfos ya no fueron fruto de las concertacesiones, sino de un interés genuino de los mexicanos en cambiar las cosas por medio de las boletas y las urnas. La tentación logró apoderarse de su pragmatismo e hizo saber a sus amigos y los que no lo son, que buscaría la candidatura a la primera jefatura de gobierno en el Distrito Federal. Si no pudo gobernar un país, se conformaría con la capital de un México que cambiaba.
Sin embargo, no contó con la astucia de aquel candidato que lo hizo trizas en el debate: Ernesto Zedillo. Lo citó en Los Pinos, ese espacio donde se resumen las miserias y grandezas de una nación desde los tiempos de Lázaro Cárdenas; amablemente lo sentó para platicar y plantear un asunto serio, letal, horroroso: su pasado.
Una foja de miles de páginas, relatando sus correrías juveniles, acusaciones de ser el posible responsable de la muerte de un sacerdote; sus asuntos familiares, muy íntimos, de sus hermanas y hermanos que parecía que quedarían entre las paredes del casco de la hacienda que tiene en Pedro Escobedo. Todo, con pelos y señales.
Fueran o no ciertos, el salir dicha información de aquella Sala Venustiano Carranza, significaría un escándalo de dimensiones mayúsculas. Zedillo fue letal al arrojarle los documentos: “¿Y con esto quieres ser Jefe de Gobierno?”
Entendió el mensaje y dejó el poder político para que otros lo ejercieran ante los esbirros de un sistema agonizante, porque él sería el del tejido fino y, porque así se estila, el batiente que defiende a los amigos y los que no lo son.
Pero a pesar de todo, es humano, demasiado humano para describirlo como un hombre cruel y sin pasiones. Enamorado estuvo de su primera esposa y la respetó siempre porque es la madre de sus hijos, el motivo para seguir adelante en muchas de sus empresas; la Doña, la dueña de sus ilusiones hasta que el amor acabó en un cúmulo de años y costumbres.
Habla con cortesía y a pesar de su reciedumbre en el tono de su voz, pide las cosas por favor y siempre valora el que con sus propios medios busca salir adelante. Católico ferviente y practicante, usa el amor del prójimo para apaciguar los demonios de la carne que tanto agreden espíritus como el suyo, determinado y soberbio.
Adora el buen puro, el vino tinto español, las buenas comidas y las conversaciones con gente inteligente, no dogmáticas, porque para fundamentalismos, solo los suyos.
Esperó el momento de regresar por sus fueros. Pero fue cauteloso dado las advertencias del presidente en turno. Rechazó una candidatura panista para la gubernatura de Querétaro por los mismos motivos que declinó la del Distrito Federal: su pasado. Es testigo privilegiado del crecimiento de un panismo que vivía a salto de mata, haciendo pintas por las calles en las noches, pidiendo a Dios no encontrarse con algún madrina de la judicial porque así les iba; es testigo del crecimiento del PAN como partido del gobierno y fue gran artista de esa obra de arte.
La tentación de ser de nuevo el candidato pasó por sus venas, pero al ver un ranchero echado para adelante y con todas las canicas en su bolsa, decidió, sin dar todo de si, apoyarlo con tal de sacar al PRI de Los Pinos; eso si, aseguró una senaduría para manejar sus negocios a gusto. Ganó el ranchero guanajuatense a base de tepocatas y esperanza de cambio; pronto los ciudadanos nos dimos cuenta que fue el mejor candidato a la presidencia que ha existido en la historia de México, pero le quedó grande la sagrada Investidura Presidencial y así lo estamos pagando.
No estuvo de acuerdo con su pensar y actuar del Presidente, pero como Senador hizo lo que quiso y el concepto “Conflicto de intereses”, le era ajeno y estorboso; pero no lo detuvo.
Fue polémico y se mantuvo en el ojo del huracán. Nunca estuvo tan a gusto como esa época porque todo lo tenía: dinero, poder, el amor de una joven hermosa, márgenes de maniobra para lograr sus objetivos políticos, etcétera. Era de nuevo el Dios. Sus odios eran pocos porque en política no se puede malquerer gratuitamente; solo eres apestoso si te crees inmaculado. Pero el centro de sus muínas era aquel tabasqueño empecinado a ser presidente y que tantas contrarias le dio en los noventas. En el proceso del desafuero fue uno de los mayores promotores no que lo metieran a la cárcel, sino desterrarlo porque se le ocurrió atender a los pobres y los ancianos, hacer segundos pisos y tener popularidad inusitada para un gobernante, aún más en un territorio que le fue prohibido por su pasado: el Distrito Federal.
Pero en política las victorias llegan tarde y a pesar de todo, puso su grano de arena para que el tabasqueño no llegara a la silla presidencial. No concebía que un Don Nadie gobernara el país. Si bien dejó la senaduría, el poder y su ascendencia dentro de su partido era fundamental para un presidente fallido desde el primer día de su cargo. El no era el fiel a la balanza, él era la balanza.
Todo cambió esa tarde de mayo que sintió que la vida corrió tan de prisa que la muerte pasó de largo para dejarlo vivir tiempo de más. Todo se transformó porque ya no era más el todopoderoso impune que hacía y deshacía; era la víctima propicia para demostrarle al mundo que el crimen no conoce de fueros virtuales ni de impunidad como un código no escrito. Ha tenido tiempo para reflexionar sobre su vida y será otro cuando sea libre. No puede decirse engañado al preguntarse a sí mismo que no tiene cuentas pendientes con la justicia terrenal y divina; es parte de un sistema que pretendió estar a la cabeza y terminó en algún rincón oscuro rodeado de conciencias todavía más oscuras.
¿Cuánto vale la vida de un ser humano, cualesquiera que sea su condición y sus errores? ¿El Patriarca se lo merecía? Pueden decirse de la humillación que está pasando, de las cosas que corren por su cabeza y no entiende qué pasó, como pasó y a quien de todos sus enemigos se cobró con semejante afrenta.
El Patriarca está solo. Sin amigos, sin familia y con su única servidora fiel que no siempre ha escuchado: su conciencia.


