La Cruz Doblada

Posteado diciembre 9, 2010 por

El frío cala hasta los huesos en los pueblos de la Sierra Gorda cuando diciembre entra por la puerta de atrás y sus habitantes urgen de las cobijas que les regalan los citadinos de la capital como muestra que hasta en la riqueza, hay de altruismos a generosidad.

La pobreza la mitigan con algo de optimismo y mucho de fe hacía la virgencita que apareció en el Tepeyac hace muchos años, antes que los viejos se les cayeran los dientes y los niños fueran proyectos de un futuro incierto. Sus habitantes comen los que les da la tierra: agua y frijoles. En esto, hay comunismo culinario, en donde todos comparten los bayos con el perro y las gallinas, el agua no hervida ni clorada con los animales del rancho porque no da para más. Cuando hay fiesta, procuran comprar huevos para acompañar los frijolitos con sus respectivas tortillas, pero nada más en días de fiesta.

La fiesta grande siempre es el 12 de diciembre, que festejan a la virgen morena, que se le apareció a Juan Diego y demostró su existencia en una tilma pintada por rosas de Castilla; no falta el ateo que ridiculice sus apariciones y hasta insinúan que si la imagen fuera del ayate de un indígena, mediría dos metros y medio. Sin embargo, la fe mueve montañas y da razón de existir a los miserables de cosas materiales.

Las festividades en el pueblo siempre son cosas de recordarse: data desde el siglo XIX y la primera que se rememora fue cuando el cura tomó por error arsénico en lugar de la sangre de Cristo, cosa que lo envenenó y sus restos reposan en la iglesia que él mismo supervisó su edificación O cuando en plena misa dio a luz una niña de 14 años y supusieron todos que era un milagro porque siendo ella morena, concibió un bebé rubio y de ojos azules; eso causó tal revuelo que le pusieron choza y las autoridades la mantuvieron, hasta que un buen día, en un ataque de remordimiento, la madre confesó al cura que su hijo fue producto de un ingeniero alemán que pasaba por ahí y andaba con ganas de desfogarse porque en la mina que trabajaba había dos opciones: violar a una india o empatarse con algún chamaquito.

Pero fuera de esas anécdotas contadas por las señoras chismosas, cada año procuraban que fuera un acontecimiento único. Ahí, todos se volvían iguales, demasiados iguales.

Dos años antes, el cura propuso algo especial, único, para conmemorar de manera diferente la fiesta de la santa patrona. El comité de las fiestas propuso cualquier cantidad de obras, acciones, dádivas. Entonces vino el acólito de la iglesia para informales a los presentes que Don Abundio, el cacique del lugar, había muerto y dejó un testamento que decía que todas sus riquezas las heredaba a la iglesia como expiación a sus pecados y la esperanza de un rincón en el purgatorio.

Los integrantes del patronato se quedaron mirando los unos a los otros. No era para menos porque Don Abundio fue cualquier cosa, menos un personaje querido por el pueblo. Un cacique que mató, violó, robó, abusó de su poder gracias a su compadrazgo con el gobernador; hombre que se casó tres veces y tuvo la mala suerte que ninguna de sus mujeres le diera un hijo, siempre le echó la culpa a ellas a pesar que se rumoraba que “no se le paraba”, difundida por sus caporales. Mató a quien se le oponía en lo más mínimo y nunca se tentó el corazón para tomar a la buena o a la mala lo que quería –fueran tierras, propiedades, casas, mercancías, mujeres-.

Los miembros del comité sabían que ese dinero era mal habido y el sólo aceptarlo, es reconocer que le siguen el juego a un malvado que quiere sobornar al Todopoderoso. Después de varias horas de cavilar, decidieron que toda su fortuna sería para compra oro y con dicho metal, fundirlo para hacer una cruz enorme para que Dios viera su obra desde el cielo. Así, no tomarían la riqueza de un maldito y la convertirían en una obra piadosa que no necesitaría tantas explicaciones a los lugareños.

Así, se llevó a cabo la operación que generó mucho dinero porque nadie del lugar sabía a ciencia cierta cuando dinero tuvo Don Abundio y la hacer el cálculo, se mostraron sorprendidos y como era mucho, pensaron que la virgencita no se enojaría si tomaban un poco de eso para subsanar sus economías, “la caridad empieza por uno mismo”, dijo alguna vez una de las organizadoras.

Mandaron hacer la enorme cruz de oro y decidieron ponerla en la parte más alta de la cúpula de la iglesia, junto a la imagen en cantera de la Virgen de Guadalupe, para honrar el sincretismo de los mejor de dos mundos: la diosa Tonatzin y la Cruz Romana.

Tardaron varios días en colocarla y justamente en la noche previa al 12 de diciembre, terminaron. Al verla ahí, majestuosa y brillante, las beatas lloraron con un fervor nunca antes experimentado en sus corazones, los varones no pudieron contener sus lagrimas y al calor del mezcal, comenzaron a cantar odas a la Virgen, testigo de la generosidad de un hombre que en su lecho de muerte vio víboras, arañas y cucarachas que lo arrastraban a un hoyo sin fondo.

Eso si, cubrieron la cruz con una cobija de algodón para que hacer la inauguración al iniciar las fiestas. Ser testigos de la obra los ponía en un lugar arriba de cualquier mortal, pero no podía permitirse que los laicos vieran antes.

Por todas las regiones del estado se rumoró la famosa Cruz de Oro. Se decían leyendas que ahí murió Jesucristo, que el Vaticano se las regaló para sus fiestas, que la mismísima Virgen de Guadalupe se le apareció a un niño y le dijo la ubicación de una mina de oro y que pidió que hicieran una cruz en su honor. Muchas leyendas que hizo que la inauguración de la fiesta llegarán gente de todas las regiones para ser testigos privilegiados de tan notable acontecimiento.

Aquel 12 de diciembre era único porque de todos lados llegaron y se aposentaron en cualquier lado de la iglesia, no les importaba el nublado o el frío que se desató, pero querían ver la cruz que tanta expectativa causó. Llegó el señor Obispo para oficiar la misa y develar la obra magna, gracias al remordimiento de un cacique.

Escucharon la ceremonia los presentes con tal devoción, que el pueblo se transformó de un centro de miseria y tristeza en una sucursal del paraíso perdido por Adán y Eva.

Llegó el momento de develar la cruz y desde lo alto, el obispo jaló la cuerda que estaba amarrada la cobija. Al momento de jalar el mecate, todos se maravillaron de la majestuosidad de la cruz de oro que brillaba a pesar del nublado del cielo. Todos al unísono rezaron el padre nuestro y fue un momento de misticismo total.

Fue cuando lo celestial ocurrió: en ese momento un rayo bajó del cielo directamente a la cruz y esta se dobló hacía adentro. El estruendo fue tal que parecía que la furia de Dios se resumía en aquel tronido que transformó esa majestuosa obra en una escuadra de indignidad.

Todo era silencio. Solo se escuchaban el chillido de los niños asustados o el ladrido de los perros. El obispo no pudo decir palabra alguna que consolara a los feligreses. Los organizadores lloraron en llanto y se arrodillaron pidiendo perdón a la virgen por no hacer una imagen de ora de ella en lugar de la cruz. Los visitantes huyeron, pensando que el pueblo era maldito para los ojos de Dios y eran partícipes del pecado de soberbia en que participaron pensando que quedaban bien con el creador. Los invitados dejaron las viandas y entraron a la iglesia para arrepentirse de los pecados.

La conclusión de todos los presentes era una sola: la Virgen de Guadalupe, que siempre intercede por sus hijos descarriados, se ofendió por usar dinero sucio para hacer su becerro de oro, como el pueblo de Israel lo hizo cuando Moisés subió al Monte Sinaí a recibir en piedra los 10 Mandamientos.

A partir de ese año, cada 12 de diciembre, solo una misa se hace en honor a la virgencita no por sentirse ofendidos, sino por ser pecadores. Un reconocimiento al hijo de Dios que se transformó en reafirmación que somos nefandos de obra y pensamiento.

No se habla en el pueblo de aquel día, es tema prohibido. Pero un día el techo de la iglesia se resquebrajó y pidieron a las autoridades si les ayudaban a repararlo, cosa que hicieron enviando albañiles e ingenieros para reparar el inmueble. El cura le pidió a uno de los maestros de la obra que por ningún motivo tocaran la cruz, porque temía que se maldicieran como están malditos ellos. El profesionista, que había escuchado la leyenda, le preguntó al sacerdote que si la cruz era de oro; él contestó que si. El hombre movió la cabeza y le dijo lo siguiente:

-Escuché que la cruz la hicieron de oro de 24 kilates. Pero la verdad es que los timaron-

-No entiendo- Contestó el cura.

-Se lo explico: a estas alturas, hay metales que sirven en ciertas alturas como pararrayos. Esta cruz no es de oro, sino de hierro chapado en oro de 14 kilates. A simple vista se ve. Sería imposible que si fuera de oro totalmente, le cayera un trueno. Alguien les vio la cara-

-¿Entonces no es de oro?- Preguntando entre dientes el cura.

-Si. Le recomiendo que lo diga porque no puede vivir un pueblo con una carga de estas-

Eso fue todo lo que dijo. El sacerdote murió con el secreto. Pensó que era mejor pasar por un pueblo alejado de Dios que por unos rancheros que les vieron la cara de pendejos.

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