Tzapalt y el miedo a los animales
Posteado septiembre 25, 2010 por varilionamodeluniverso
La obsesión más grande del ser humano es ser reconocido como superior a su existencia, a sus limitaciones humanas, a sus maneras de enfrentar la vida; Tzapatl quería eso y más. No rompió con su padre hace tantos años nada más para ser recordado como el presidente fallido, no del empleo; no traicionó a su mentor y amigo para devolver la silla al dinosaurio que nunca se fue.
No puede más. El poder que tanto anheló lo traga, lo mastica, lo eructa y lo defeca, echándolo al retrete de la historia antes de lo pensado. Antes, los ex presidentes pasaban una temporada en el infierno purgando las penas que su sucesor le imponía; pero esto es diferente, es totalmente nuevo: está pasando días y noches por su propio averno interior y falta la que la política le imponga. A pesar que es político, no cree que sea justo ni necesario.
Político que vivió los episodios de la transición del priato más ramplón a las concertasesiones y después, a la alternancia fallida con el hombre de las botas que odia a las tepocatas. Mexicano que sufrió lo indecible cuando la maquinaria tricolor atropellaba las intenciones demócratas de un puñado de hombres que se decían libres y sin más armas que la vida misma, lema del norte.
Recuerda el pasado reciente, aquellos meses del 2005 que recorría el país pidiendo a militantes de su partido que confiaran en su proyecto de país, que era mejor candidato que el elegido por la pareja presidencial, diciendo que el ganaría las elecciones y transformaría al país en nación ganadora con ciudadanos ganadores.
Se presentó como “un panista cuatro por cuatro” o “el candidato todo terreno” que no temía a nadie: ni a un candidato Completamente Palacio, ni a un candidato Dinosaurio que no se recuperaba del madrazo del 2000, ni menos -a él más que nadie- al Pejelagarto Indestructible.
Ganó las internas indiscutiblemente y sus bonos democráticos se fueron derecho hacía él, pero también no generaba ningún entusiasmo entre los votantes mezquinos que veían a cualquier persona, menos a un presidente.
No levantó su campaña y recurrió a la propaganda negra y guerra sucia. Tzapatl aprendió que las buenas intenciones en México se convierten en fracasos anunciados y prefirió el pragmatismo del ataque que al barroco de la transformación de conciencias demócratas.
Es muy largo y tortuoso aquellos momentos. El fantasma de una elección fraudulenta le perseguía y le seguirá hostigando hasta el fin de sus días, está marcado.
Siendo el hombre de todo el poder, puso en manos la legitimación de su ejercicio en la violencia verde olivo. El que manda se puede equivocar y volver a mandar, pero en su caso, cada equivocación se convirtió en merma de su poder, reduciéndolo a función decorativa, de protocolo.
Su gente, como duele que su propia gente le ha fallado y demostró que no fueron los mejores, sino el club de amigos, compromisos, promesas, imposiciones que tanto criticaba en el priato y hoy, no puede detener la espiral.
El poder causa dolor y este se presentó al caer el avión en donde tripulaba su amigo, su pupilo y su delfín, Juan Camilo Mouriño. Hirió en lo más profundo de su ser y vislumbró el principio del fin, a pesar que era el segundo año de su mandato; un presidente mexicano sin un delfín, es un pobre diablo. No tiene favorito porque nadie le hace caso, nadie lo toma en serio, nadie puede respetarlo cuando no respetó la voluntad popular de meter al pueblo en guerra sin sentido, sin respeto a la vida, sin futuro para los hijos de los viciosos, sin modo de salir ya.
Hombre rodeado de cientos de guaruras, mejor conocidos como Estado Mayor Presidencial, lo ha copado el miedo: a la gente, al narcotráfico, al aire que respira, a las balas, a los reclamos, a los halagos; prisionero de su propio poder que no es grandeza, es aislamiento y ausencia de lo que pasa en México, su país.
Ha llegado el momento del declive, prematuro y previsto por sus enemigos y leales; no hay manera de escaparse. Rinde homenaje a los antagonistas de su partido y manda señales a la oposición de su rendición. Sin embargo, no quiere pasar a la historia como el primer mandatario que devuelve la estafeta al dinosaurio que nunca se fue, que el hombre de las botas no quiso aplastar y si convenir, principalmente con el Caudillo, que detenta el real poder, el fáctico. No puede pasar ante los suyos como el que truncó la alternancia, por muy fallida que sea; empero, no tiene alternativa porque cuenta con mínimos hilos que mover y aunque podría, en nombre de la patria, utilizar el único poder que le es fiel por su investidura, el militar, no se atreverá a causa de su debilidad, su ausencia como hombre del poder.
No tiene delfín ni partido que crea en sus propuestas. Se ha equivocado en afán de esa sombra llamada legitimidad. Comienzan a hacerle mella las burlas, apodos, chistes, rumores y todo lo que ve en su computadora. El hombre de a pie no le reconoce ningún merito: en economía va de mal en peor, la inseguridad, la incertidumbre, sin futuro los jóvenes; no es toda su responsabilidad, pero el pópulo dio su veredicto y es culpable.
Prometió ser el Presidente del Empleo y a cuatro años del poder, mira desde su fortaleza como los comerciantes roban, la población busca empleo, los noticieros lo elogian porque es el primer mandatario, el Niño del Copete se adorna y se pasea, los niños lloran y él, con su whisky en su mano, contando los días que faltan.
La sombra del espuriato y la incapacidad de resolver lo elemental para la gente, lo seguirán hasta el fin de sus días. Terminará su sexenio y se largará del país que no lo querrá ver ni en fotografía retocada; vivirá largo tiempo en esas naciones que soñó visitar y por fin se le hará conocer; dará conferencias sobre como manejó la pandemia de un virus que resultó tan letal como una gripa en pleno verano; escribir sus memorias sobre el por qué mantuvo a funcionarios ineptos a costa del mal llamado “principio de autoridad”; dar largas entrevistas acerca de su lucha contra el fantasma invencible llamado narcotráfico a costa de 30 mil muertos y contando; esperar que el juicio de la historia sea indulgente y lo considere no como el presidente que hizo todo lo que pudo para llevar al precipicio al país, sino el líder que hizo lo que su capacidad le dio para salvar a una nación podrida.
Tzapalt bebió el último sorbo de su whisky, va por otro. ¡Qué más da! Es el presidente.


